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Sonatas para piano de Schubert

18, 25 noviembre, 2, 9 y 16 diciembre 1992
Ciclos de Miércoles:

Introducción

Franz Schubert es compositor frecuente en los conciertos de cualquier institución dada la calidad (y también la calidez) de sus músicas. En 1978, con ocasión del 150 aniversario de su muerte, la Fundación Juan March organizó ya un ciclo de cinco conciertos en el que se ofrecía un panorama de su música para piano, música de cámara y los dos ciclos más famosos de sus canciones: La bella molinera y Viaje de invierno.

Desde aquella fecha, y sin volver a organizar un ciclo completo, las músicas de Schubert han vuelto a sonar en esta sala con los más variados pretextos: En el ciclo Goethe y la música (noviembre-diciembre de 1982), en el dedicado a la literatura pianística a cuatro manos (enero de 1985), el de El lied coral romántico (noviembre de 1987), en el que tuvo como título Fantasías y bagatelas (junio de 1988) y en otros muchos.

Pero en muy pocas ocasiones se programan sus Sonatas para piano, y menos en un ciclo integral que incluya todas las que logró terminar. Esas 11 sonatas, entre las 23 que intentó abordar a lo largo de su corta vida, no sólo encierran algunos de los mejores «momentos musicales- de su autor, sino que suponen un nuevo rumbo en la historia de la prestigiosa forma musical. Queriendo imitar a su modelo Beethoven, el vienés consiguió en ellas nuevas vías de desarrollo del pensamiento musical, intuyó caminos que luego otros recorrieron con más precisión en cuanto a la forma pero pocas veces con tanta intensidad emotiva, con tal capacidad de invención.

El romanticismo musical fue alejándose paulatinamente de estas grandes estructuras formales definidas en el período neoclásico, y concentró sus esfuerzos en las llamadas -pequeñas formas-, más aptas para la efusión y la confesión personal. Schubert también las utilizó, pero la asiduidad con la que cultivó las «grandes- en sinfonías, cuartetos y sonatas indica bien a las claras su ambigüedad estilística, entre clásica y romántica. En estas obras, «hermosamente largas» (como las calificó Schumann), encontraremos al Schubert más ambicioso, pero sin pérdida de su prodigiosa veta melódica, con hallazgos armónicos de enorme interés, con nuevos desarrollos por yuxtaposición de episodios... Un verdadero tesoro que no merece estar tan escondido.

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