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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Desterradas durante mucho tiempo del repertorio habitual por el infamante hecho de no ser originales (totalmente originales, habría que matizar inmediatamente), las transcripciones que Liszt hizo para el piano y otros instrumentos de obras de muy diferentes compositores, él mismo incluido, son capítulo esencial para conocer al artista y, sobre todo, al mundo que le rodeaba.
Muchas de estas obras nacieron para el lucimiento personal del Liszt virtuoso del piano, pero con el valor añadido de una irreprimible y generosa tarea de difusión de la música de sus contemporáneos, sin desdeñar la del rescate historícista de un pasado (polifonistas clásicos, el barroco de Bach, el neoclasicismo de Mozart y Beethoven, el primer romanticismo de Schubert) que conecta a Liszt con las corrientes más avanzadas del pensamiento decimonónico.

Pero, además, importa el hecho sociológico de que con el conocimiento de algunas de estas obras (imposible el resumen por su inagotable cantidad) comprendemos mejor cómo era el acto del concierto público en el siglo pasado, tan distinto al nuestro también en este aspecto. En una época en que apenas se empezaba a sospechar la creación de los instrumentos reproductores que dominan la nuestra, el transcríptor cumplía una función parecida a la del grabador de reproducción. Muchos músicos, humildes y oscuros la mayoría, tuvieron en este campo su medio de vida. En el caso de Liszt, de cuya muerte se cumplen ahora cien años, no fue por necesidad, sino por afición y vocación. Como el Goya grabador de Velázquez, Liszt se ha convertido en el más lujoso y fascinante transcríptor del siglo XIX, en la tradición de los laudistas, vihuelistas y organistas del Renacimiento, en cuyas glosas nació la música instrumental moderna.

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