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Ciclo completo de sonatas para piano de Beethoven

9, 16, 23, 30 abril, 7, 14, 21, 28 mayo y 4 junio 1980
Ciclos de Miércoles:

Introducción

«No hay regla que no pueda ser infringida por la belleza». La frase del propio Beethoven sirve como el mejor pórtico para un comentario en torno a uno de sus ciclos más capitales y representativos: el de las sonatas pianísticas que, con los cuartetos de cuerda y las sinfonías, marcan más y mejor hasta qué punto es trascendente la evolución del genio y cómo treinta, veinticinco años de labor creadora son capaces de recoger un cambio pasmoso en el punto de mira y un varillaje múltiple representativo de las circunstancias, problemas, anhelos, tristezas y esperanzas que jalonan una vida sin duda muy difícil en la que es la música el asidero único, la razón de continuidad, el ímpetu que permite una lucha gracias a la que se alcanza el capítulo decisivo que para la historia del arte de los sonidos viene a ser la obra beethoveniana, en general, y - no en balde fue calificado como diario íntimo - el ciclo de las sonatas para piano, en particular. Sonatas que no son el punto de partida ni el de llegada en la producción para teclado que nos lega el autor. En su prehistoria, las «Variaciones Dresler», anuncio del cultivo intenso de este género, abren el camino. Ya en 1823 las «Variaciones Diabelli», dignas hermanas de las «Goldberg», de Bach, que llevan al límite las dificultades, las exigencias, la complejidad y ambición del artista. En medio, muchas obras menores, bagatelas, danzas, piezas de distinto carácter integran la colección más copiosa en un catálogo muy rico y ecléctico. Es grande la atención de Beethoven al teclado. Ya Neefe lo califica de «pianista consumado y vigoroso» . Y para Strawinsky, lo más admirable en el músico es su forma de escribir obras de y para el piano, señalando así la total adecuación al instrumento elegido. Las sonatas nacen entre 1796 y 1821. Las treinta y dos obras son fruto de cinco lustros en los que, al tiempo, han de aparecer otros muchos títulos capitales. Un recuerdo sobre los números de «opus» resultará muy aleccionador. Tres sonatas se agrupan en la «opus» 2, lo mismo que en los cuartetos la 18, acoge los seis primeros. La cuarta lleva el número siete de obra. Son otras tres las que figuran con el número 10. Con el 13, solitaria, la «Patética», es la número ocho. La «opus» 14, recoge dos más. Para encontramos con la onceava hemos de saltar hasta la obra 22, seguida por la 26, también para fruto único. Las trece y catorce de la colección, la última de ellas popularísima bajo el título «Claro de Luna», integran la obra 27. La sucesiva en el catálogo es la «Pastoral», número 15, «opus» 28. De nuevo se agrupan tres en la 31: dieciséis, diecisiete - «Tempestad»- y dieciocho. Dos muy breves, diecinueve y veinte, forman la «opus» 49. La tan popular «Aurora», número veintiuno, es, en el catálogo, la «opus» 53. A partir de aquí, los números veintidós a treinta y dos corresponden a otros tantos de catálogo: «opus» 54, 57, 78, 79, 81 A, 90, 101, 106, 109, 110 y 111. De ellas, también hay algunas con títulos determinados: la número 23, «Appassionata» y veintiséis, «Los Adioses», así como la veintinueve, «Sonata de cámara». La mera exposición de los números puede orientar sobre la situación de las obras en el cuadro general de las de Beethoven. Recuérdese que las cinco últimas,son posteriores a los cuartetos que se consideran de segunda época y a todas las sinfonías, a excepción de la «Novena», ya que el paréntesis entre la que lleva el número 8 y ésta, coral, es de doce años. Beethoven, pues, parte del clasicismo, de las normas imperantes en los finales del XVIII, para adentrarse en el romanticismo libre, humanísimo. Al principio, la sumisión a los tiempos es completa. Las sonatas se forman con un allegro, un largo, un minuetto-scherzo y un final, en clima de rondó. Después las libertades serán múltiples. Algunas carecen de tiempo lento, de «scherzo» otras, falta en alguna el «Allegro» introductor, las hay que se forman por dos brevísimos tiempos y el ciclo se clausura, contra todo lo previsible, con una «arietta»... Se emplean recitativos, variaciones, inversiones de fuga, motivos en lucha... Si alguna vez se dijo al hablar del Beethoven sinfónico: «Asi ya no sonaba la orquesta del XVIII», lo mismo podría afirmarse de su producción para teclado. La colección viene a ser como un microcosmos personal, un mensaje a la humanidad, ya no a una casta o sector concreto, de un hombre que no solo quiere entretener. El progreso en lo constructivo es grande. Al principio es débil la unidad de los movimientos; después cabe hablar de un todo espiritual. Nunca son complejos los materiales. Sí resulta magistral su empleo, su elaboración. Hay, desde el principio, un afán de producirse con seriedad, con orden base. Fruto de ello, esos apuntes previos, esos esbozos que han de ser peculiares en el Beethoven que revisa una y mil veces lo que concibe. No le importa, en general, lo descriptivo externo, que pasa a segundo plano. Son, más bien los sentimientos, en una gama de gran variedad, los que imperan. Abundan las indicaciones: en alemán, en italiano. Queda, por fin, una cuestión de tipo general, que conviene abordar, antes de iniciar el recorrido individualizado de cada sonata. Se ha discutido mucho sobre la existencia de tres característicos y diferenciados estilos. Incluso hay quienes no vacilan al verlos representados por once, dieciséis y cinco sonatas, respectivamente. Como en el caso de los cuartetos, de las sinfonías, parece atrevido establecer categóricos límites, cuando ya desde el principio se anuncia el sello propio e innovador del músico. Recuérdese: ¿no es más revolucionaria y valiente la «Sinfonía Heroica»,tercera del ciclo, que la «Octava», de ocho, nueve años después?. ¿No se advierte en los compases que dan nombre al sexto cuarteto, de la «Malinconía», renovaciones personalísimas, incluso más firmes que otras ulteriores?. Pues lo mismo cabría decir de las sonatas. Nos inclinamos por hablar, antes que de diferentes estilos, de evolución sostenida. Y solo ya, una advertencia. El espejismo de quienes ante el nombre archipopular, Beethoven, puedan considerar que todo en él es fácil, asequible en un primer contacto superficial. Muy al contrario, para aprehender todo su mensaje hace falta familiarizarse con él, frecuentarlo, en una escucha muy atenta. Solo así podrán captarse bellezas profundas, novedades sorprendentes. No cabe, para ello, una mejor ocasión que esta de poder oír todas las obras en una serie de conciertos que las brindan en conjunto para una visión redonda que no puede alcanzarse cuando son solo algunas las que se ofrecen. En pocas oportunidades nos será dado acercarnos mejor a un Beethoven que tantas cosas tiene que decirnos siempre.

Podrá seguirse en directo en Canal March

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