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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Muzio Clementi (1752-1832) es uno de esos casos que produce extrañeza: compositor y pianista con un reconocimiento extraordinario en vida que, sin embargo, ha acabado ocupando un lugar discreto en la sala de conciertos. De forma injusta, este compositor italiano ha pasado a la historia exclusivamente como el autor de manuales para el aprendizaje técnico del piano. Como este ciclo de tres conciertos tratará de mostrar, Clementi puede ser considerado, con toda justicia, como uno de los creadores de la escuela pianística moderna, ideando texturas y escrituras idiomáticas hasta entonces desconocidas para el teclado. No es solo que sus hallazgos técnicos facilitaran un desarrollo pianístico espectacular durante el siglo XIX. También es el mérito estético que encierra su obra instrumental, que solo ocasionalmente ha logrado tener cierta presencia en la sala de conciertos.

Estos conciertos permitirán escuchar una antología de sus obras más sobresalientes para piano a solo y a cuatro manos. Junto a una selección de la magna colección Gradus ad Parnassum, los programas se presentan en diálogo con algunos de los compositores más relevantes de su época (Beethoven, Schubert y Rossini) y de los herederos de su prodigiosa técnica (Liszt).

F.J.M.

INTRODUCCIÓN GENERAL

Una lápida para el futuro

El 29 de marzo de 1832, Muzio Clementi era enterrado en el claustro de la Abadía londinense de Westminster. De todos los recintos posibles en Gran Bretaña, ese era el más prestigioso: en Westminster se coronaban y se enterraban desde el siglo X los soberanos ingleses, junto con un reducido número de personalidades excelentes. Clementi acabó así por encontrar un lugar a pocos metros de los restos mortales de Isabel I, María Estuardo, Newton, Purcell y Haendel, y poco después el mismo lugar que acogería los restos mortales de Dickens y Darwin.

No es difícil que el visitante de hoy se pregunte qué méritos llevaron hasta semejante lugar a un personaje como él, que bien pocos melómanos incluirían hoy entre las figuras imprescindibles de la historia de la música. Su larga vida había llegado a su fin diecinueve días antes, el 10 de marzo, pocas semanas después de cumplir los ochenta años. Había sobrevivido a Mozart, a Haydn y a Beethoven - a quienes había conocido y tratado personalmente - y también a Schubert y a Weber, compositores más jóvenes que él y que la historia acabaría por relacionar con ese Romanticismo que tanto contribuyó al paulatino olvido de la imprescindible aportación de Clementi a la historia de la música. Una vida activa y multiforme, rica en lo personal y en lo profesional, pero muy anclada a un tiempo y a una forma de entender la música que la posteridad prefirió apartar en nombre de consignas bien distintas.

Los síntomas de este cambio de enfoque debían de ser palpables ya pocas décadas después de la muerte de Clementi, si en 1877 se decidió sustituir la lápida original con otra, que todavía hoy indica el lugar de entierro del músico. Una lápida que despierta inevitablemente cierta sorpresa al espectador moderno, y que suena a indispensable recordatorio de unos méritos que empezaban ya a no resultar tan evidentes:

Definir a Clementi como "padre del piano" resulta menos obvio de lo que puede parecer, porque aunque él sí llegó a dedicarse a la construcción y venta de pianos, nadie jamás llegó a atribuirle la paternidad de un instrumento que estaba inventado mucho antes de su nacimiento. De modo que no se trataba tanto de adjudicarle la invención del piano, sino el mérito de haberlo convertido en lo que, en 1877, ya era para toda la música de tradición europea: el instrumento musical por excelencia, el emblema de toda una cultura musical. Y no menos interesante es la mención a la fama de Clementi como "músico y compositor": compositor de obras para piano pero sobre todo intérprete, alguien capaz de marcar la historia de la música, más que a través de sus obras, a partir de una precisa manera de entender la interpretación y la relación con el público.

El olvido del que Clementi, paulatinamente, fue objeto, nace precisamente allí: si la historia de la música es la historia de la composición, una figura como la suya queda sistemáticamente en fuera de juego. La música compuesta por Clementi es inconcebible sin el gesto físico que la convierte en sonido: fue creada en función de la ejecución, y no tiene sentido desvincularla de ella. A lo largo del siglo XIX, sin embargo, la interpretación y la composición protagonizaron una progresiva e irremediable escisión, y aunque los virtuosos siguieron gozando de los favores del público, el prestigio de la comunidad musical acabó por orientarse hacia los creadores. El estudio de la música empezó a coincidir con el estudio de las partituras, de los estilos compositivos y de las formas que podían reconocerse analizando los signos presentes en el pentagrama. Y para un hombre como Clementi esto fue el principio del fin, el inicio del largo olvido al que ha quedado relegado hasta hoy.

No es casual que, si algo de su producción ha sobrevivido en la memoria colectiva, se ha tratado precisamente de la porción más ligada a la interpretación: sus sonatinas, sus Preludi ed Esercizi, los cien estudios de su Gradus ad Parnassum. Obras didácticas no siempre adecuadamente valoradas, pero inevitablemente ligadas a la dimensión más material de la ejecución. Ni tampoco es casual que el único gran intérprete del siglo XX que ha tocado repetidamente a Clementi, ubicándolo entre los autores más interpretados de todo su repertorio, haya sido Vladimir Horowitz, artista cuyo referente último siempre fue la comunicación con el público y cuya carrera puede leerse -tal como ha hecho Piero Rattalino en su reciente monografía- como un esfuerzo a contracorriente para llevar hasta el presente los valores de un pasado ya irremediablemente lejano.

La forma que Clementi tuvo de ser "músico y compositor" -tal como lo define la lápida de Westminster- estaba firmemente anclada en la cultura musical de su tiempo. Considerar la partitura como una herramienta que cobraba sentido únicamente en el momento de la interpretación era una actitud que Clementi compartió con otras muchas figuras y que no fue ajena al propio Beethoven; de hecho, ni uno ni otro pudieron conocer en primera persona el cambio ideológico que en menos de dos generaciones convirtió a la composición en la actividad musical por excelencia. Pero la apuesta de Clementi fue más radical que la del propio Beethoven, y la musicología alemana -que diseñó en solitario el mapa que todavía preside, en sus líneas esenciales, el imaginario de músicos y aficionados de todo el mundo- no tuvo inconvenientes en dejarle fuera de una historia canónica marcada por los grandes genios de habla alemana.

Lo que en su día se presentó como el producto de un natural proceso de decantación, se convierte hoy, sin embargo, en una ocasión para revisar esas antiguas certezas. La figura de Clementi es un ejemplo inmejorable de la riqueza de caminos que la historia, tan a menudo, nos regala. Tanto su legado compositivo como su propia existencia resultan extraordinariamente actuales, sorprendentemente cercanos a la realidad del músico de hoy y a las expectativas del público: solo necesitamos aceptar el reto de alejarnos por un momento de los convencionales clichés que la tradición nos ha dejado en herencia.

Ascenso

Nacido en Roma el 23 de enero de 1752, Muzio Clementi fue el mayor de los siete hijos que el platero Nicolò Clementi tuvo con su segunda esposa, Magdalena Kaiser. Empezó pronto su formación musical y antes de cumplir los catorce años consiguió un contrato como organista en la iglesia de San Lorenzo en Damaso. Fue entonces cuando lo escuchó Sir Peter Beckford, entonces de viaje por Italia, que llegó a un acuerdo económico con el padre para llevar al joven Muzio hasta Inglaterra: un cambio de vida radical, porque Clementi residió los siguientes siete años en la mansión de los Beckford en la campiña de Dorset, a casi 200 km al suroeste de Londres, muy lejos de las tradiciones de las que habría podido impregnarse en otro contexto cultural y sin poderse beneficiar de la relativa proximidad del dinámico mundo musical inglés. Peter Beckford, primo del más célebre William Beckford y sobrino del que fuera alcalde de Londres, no estaba especialmente interesado en la música: contratar a Clementi (o "comprarlo" a su padre, según las inquietantes palabras que empleó el propio Beckford) fue muy probablemente tan solo una solución económica para dotar a su residencia de un mínimo de entretenimiento musical, de acuerdo con los requerimientos de la época. Para un músico en plena formación, se trataba de un auténtico desafío. Pero el jovencísimo Clementi, dando muestras de una tenacidad que lo caracterizaría durante toda su vida, vio en este repentino aislamiento una oportunidad: aprovechó el mucho tiempo que tenía a su disposición siguiendo una rigurosa planificación de la que tanto se habló en los años siguientes: un estudio regular de ocho horas diarias centradas en el estudio del instrumento y de las obras de maestros consagrados, principalmente aquellos más relacionados con la tradición instrumental romana.

En 1774, ya libre de cualquier obligación, Clementi se traslada a Londres. Empieza a aparecer esporádicamente como instrumentista de teclado en conciertos benéficos, pero el inicio de una verdadera carrera coincide con la edición de sus Sonatas para piano Op. 2, en la primavera de 1779, una publicación cuyo contenido es la muestra de un portentoso dominio del teclado y un formidable gusto por el virtuosismo. El verano de 1780, Clementi empieza el primero de sus largos períodos de viajes, que coincide con una época de intensa creatividad, indudablemente relacionada con los importantes contactos con las vanguardias musicales de la época. Toca con gran éxito en París ante la mismísima María Antonieta y a finales de 1781 viaja a Viena, donde nada más llegar, el día de Nochebuena, mantiene un duelo a dos pianos con Mozart ante el emperador José II y el futuro zar de Rusia, Pablo I. Tras pasar largas temporadas en Suiza y Francia, Clementi regresa finalmente a Londres en 1785, donde su nombre se convierte rápidamente en uno de los principales referentes de la entonces activísima vida concertística inglesa. Triunfa en los Hanover Square Grand Professional Concerts, compone sus primeras obras sinfónicas y su nombre como profesor de piano empieza a atraer alumnos de dentro y fuera de Gran Bretaña.

La peculiar biografía de Clementi nos reserva, sin embargo, una nueva sorpresa. Nada más alcanzar una envidiable fama en el competitivo entorno musical inglés, Clementi se aleja paulatinamente de los escenarios. A 1790 se remonta su último concierto como solista, aparece en público cada vez menos como solista y en 1796 deja de presentar en público sus sinfonías. Este desapego se ha presentado tradicionalmente como el producto de un cambio en los gustos de un público que en esos mismos años estaba entusiasmándose por la música de Haydn y de su principal discípulo, Ignaz Pleyel. Pero existen otras posibles explicaciones, especialmente verosímiles si tenemos en cuenta la realidad cultural y económica de aquella época. En Inglaterra, la figura de concertista no era tan valorada socialmente como la del empresario de éxito, y Clementi -hombre de extracción humilde cuya juventud había quedado marcada por las diferencias de clase se mostró especialmente determinado a consolidar su estatus social. Estaba comprobando, además, que su principal sustento económico no eran los conciertos, sino su intensa actividad como profesor de piano, orientada tanto hacia la formación de profesionales como hacia la educación musical de los miembros de familias adineradas. Sus viajes por Europa le habían permitido comprobar, por otra parte, la diversidad de la vida musical europea y las múltiples aplicaciones que en el mundo de la música podía tener -tanto dentro como fuera de Inglaterra- el modelo económico propio de la Revolución Industrial. Y fue así como Clementi se lanzó a la carrera empresarial, impulsando una editorial propia y una fábrica de pianos que llevaría su nombre. Dando prueba de un instinto comercial fuera de serie, decidió no empezarla de cero: se asoció con John Longman y, tras la quiebra de la prestigiosa Longman & Broderip, en 1798, consiguió aprovechar instalaciones, técnicos y clientela para dar vida a la Longman, Clementi & Co., pronto convertida en Clementi, Banger, Hyde, Collard & Co. y finalmente en Clementi & Co. A partir de entonces, y hasta su jubilación en 1831, Clementi dedicó gran parte de sus energías a la promoción de esta empresa, a la elaboración de un selecto catálogo de publicaciones y al perfeccionamiento de unos instrumentos que pronto se convirtieron en un referente internacional de primer orden.

Una personalidad inconfundible

La determinación de Clementi por dar a su iniciativa empresarial una proyección europea se vuelve evidente en 1802, cuando empieza una larguísima temporada de viajes y estancias destinada a prolongarse nada menos que ocho años. Clementi vuelve a París y Viena, pasa varios meses en Italia y visita por primera vez ciudades tan lejanas como Varsovia o San Petersburgo, pero ya no lo hace únicamente como concertista, sino principalmente como empresario. Para demostrar la solvencia de sus pianos promocionó a algunos de sus brillantes alumnos (como el irlandés John Field, que finalmente se instalará en Rusia) y consiguió exclusivas para la publicación en Inglaterra de las obras de los principales compositores a la moda, incluido el propio Beethoven.

Pero estos son años especialmente intensos también en lo personal. De la inconfundible personalidad de Clementi nos informan a menudo sus contemporáneos: incansable conversador, ávido lector, políglota capaz de dialogar en al menos cinco idiomas, sencillo en los modales (y siempre atento a evitar el derroche, una cualidad que más de uno aprovechó para acusarle de tacañería), pero capaz de dar muestras de una sorprendente extroversión, y con una marcada propensión hacia los encantos femeninos que le procuró más de un sobresalto. Un hombre que no pasaba inadvertido, que compaginaba la tenacidad del self-made man con una emotividad a flor de piel capaz de hacerle vivir con extrema intensidad las muchas alegrías y las duras pruebas que salpicaron su existencia. De esta profunda afectividad tenemos un impactante testimonio en su epistolario, que contiene algunas de las misivas más emotivas jamás escritas por un compositor. Ya en su juventud Clementi había conocido episodios dignos de una novelesca historia de amor, culminados en la turbulenta aventura amorosa con Marie-Victoire Imbert-Colomés, la jovencísima hija de un rico comerciante lionés, por la cual el entonces treintañero pianista llegó a viajar por media Europa aparcando durante más de un año su propia carrera concertística precisamente cuando esta se encontraba en pleno ascenso. Ya olvidada aquella aventura, en 1804 Clementi se casa con Caroline Lehmann, una pianista que había conocido en Berlín el año anterior. Sus misivas, hasta ese momento impregnadas de un entusiasmo hiperbólico digno del mejor Stendhal, se vuelven trágicas a la hora de describir cómo, un año después, la joven Caroline murió, dejándole un hijo recién nacido, Carl. Sólo un año después de su regreso a Londres, en 1810, Clementi volverá a casarse, con Emma Gisborne, con quien tendrá cuatro hijos, Vicent, Cecilia Susanna, Caroline y John, a los que más tarde se unirá Carl, tras pasar su infancia criado por su abuela materna.

Mientras seguía cuidando de los negocios de su empresa, Clementi reanudó su actividad como intérprete y compositor, siempre sin renunciar a su papel de animador cultural. El 24 de enero de 1813 fundó, junto con una treintena de socios, la Sociedad Filarmónica, de la cual fue uno de los primeros directores y cuya orquesta impulsó importantes estrenos y encargos (entre otros, el de la Sinfonía nº 10 de Beethoven, que quedó apenas esbozada). Y no faltaron otros viajes importantes: entre 1816 y 1818 visitó Francia y Alemania; en 1821 interpretó en Múnich y Leipzig sus sinfonías, que mientras tanto en Londres se estaban convirtiendo en una presencia fundamental en la programación concertística. Con 70 años, Clementi seguía siendo uno de los músicos más prestigiosos de Europa, valorado por igual como compositor, intérprete y pedagogo. En 1826 terminó su monumental Gradus ad Parnassum y siguió viajando por Francia, Alemania y, probablemente, Italia, hasta finales de 1827, siendo recibido con un gran banquete en su honor en el Albion Hotel de Londres el 17 de diciembre de 1827, un banquete organizado personalmente por dos figuras de máximo relieve como eran entonces John Cramer y Ignaz Moscheles: prueba irrefutable de una fama imponente que se prolongó hasta el final de su vida.

Pero si el mundo musical seguía rindiéndole honores, Clementi estaba protagonizando un proceso de progresivo desapego ante la sociedad que lo rodeaba: un desapego causado al menos en parte por tragedias personales (en particular la repentina muerte de su primogénito Carl), pero también por el desconcierto ante cambios culturales que no acabó por compartir. En 1828 hizo su última aparición pública como director del concierto inaugural de la Sociedad Filarmónica, y en 1830 decidió apartarse de la sociedad, retirándose a vivir en la campiña inglesa, donde moriría dos años después tras una breve enfermedad. Moría célebre, pero asomado a un mundo que estaba rápidamente dejando atrás la cultura musical de la que Clementi había sido protagonista.

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