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Obras inacabadas

16, 23 y 30 mayo 2012
Ciclos de Miércoles:

Introducción

La convención instaurada en la sala de conciertos y el ritual implantado en la forma de escuchar la música hoy en día parecen exigir, sin cuestionamiento, que solo las obras acabadas puedan programarse, composiciones con un final claro que inviten al aplauso del auditorio. Esta práctica ha derivado en la marginación de una parte notable del repertorio musical conformado por obras que, por razones diversas, quedaron inacabadas. Resulta irónico que el enorme interés que despertaron estas obras durante el siglo XIX, con la pasión por las ruinas y los fragmentos que caracterizó al romanticismo, con el tiempo haya ido desapareciendo o quedado relegado al ámbito erudito de los investigadores.

Los programas de este ciclo están elaborados exclusivamente por composiciones inacabadas de los siglos XVIII al XX, entendiendo esta condición de tres modos distintos. En primer lugar, obras inconclusas por abandono voluntario o involuntario del compositor, como ocurre en los dos movimientos finales de la Sonata nº 15 "Reliquia" de Schubert o El arte de la fuga de Bach, cuyas interpretaciones en este ciclo dejarán de sonar en el preciso lugar en el que sus autores dejaron de escribir. En segundo lugar, obras que quedaron originalmente inacabadas, pero que fueron con posterioridad finalizadas por otro autor. Junto a Navarra de Albéniz, los dos casos sin duda más emblemáticos en la historia de la música son la Sinfonía nº 10 de Mahler, terminada por Deryck Cooke, y el Réquiem de Mozart, cuyo primer intento para completarlo lo realizó Franz Xaver Süssmayr al poco de fallecer su autor. En el contexto de una sala de cámara, ambas obras serán naturalmente interpretadas en arreglos pianísticos. Por último, bajo la idea de obras inacabadas se incluyen también las composiciones de las que solo algunos de sus movimientos quedaron concluidos, como la Suite en Fa menor de Bach o la más famosa Sinfonía "Inacabada" de Schubert, igualmente en arreglo para piano.

F.J.M.

INTRODUCCIÓN GENERAL

El adjetivo "inacabado" en relación con obras artísticas, literarias o musicales alude a creaciones que quedaron inconclusas, bien por decisión de sus creadores, bien por una imposibilidad ajena a su voluntad, como la propia muerte. Convendría distinguirlas inicialmente de las obras incompletas, es decir, aquellas creaciones terminadas por sus creadores pero que no se han conservado en toda su integridad. Precisamente la condición de "inacabadas", lejos de degenerar en rechazo u olvido, ha dotado desde el siglo XIX a muchas de ellas de una condición especial generándose todo tipo de especulaciones sobre su finalización. Ello ha llevado a que otros creadores o especialistas traten de concluirlas o ha supuesto el punto de partida para nuevas obras. En realidad, las circunstancias por las que un creador deja sin acabar su obra pueden ser muy variadas y no siempre se corresponden con un problema de salud o su eventual fallecimiento: circunstancias contextuales de la creación, ambición artística inalcanzada, cuestiones políticas y económicas, falta de inspiración o incluso consideración errónea del camino estético emprendido, han sido históricamente causas de abandono de una novela, una escultura, una película o una sinfonía.

Cuatro novelas inacabadas y un poema

La literatura ofrece numerosos ejemplos de obras inacabadas, especialmente a partir del siglo XIX. Sin ir más lejos, en este año 2012 en que celebramos el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens (1812-1870), no podemos olvidar cómo su muerte nos privó de conocer la identidad del asesino del protagonista de El misterio de Edwin Drood. Para esta novela, que se publicó por entregas entre marzo de 1870 y abril del año siguiente, el escritor inglés no dejó testimonio alguno sobre cómo pensaba resolver la trama, lo que desató un rosario de suposiciones e intentos por terminarla que ha llegado hasta nuestros días. Desde la muerte de Dickens se han sucedido numerosas versiones, entre las que destaca la finalizada en 1873 por el poeta y editor americano James 7

Thomas Fields quien, según dijo, transcribió lo que le había dictado el fantasma del escritor durante una sesión de espiritismo. Esta versión fue considerada legítima por Arthur Conan Doyle, otro aficionado al ocultismo, pero sería denostada por otros críticos al notar en el texto numerosos manierismos norteamericanos. La condición de obra inacabada no ha privado a esta novela de Dickens de varias adaptaciones para el cine o el teatro; entre estas últimas sobresale el musical Drood (1985) de Rupert Holmes, en el el público vota al final del espectáculo para elegir el asesino entre varios personajes.

Aparte de la muerte, la insatisfacción o los problemas relacionados con la inspiración han sido otras causas habituales para que algunas obras literarias hayan quedado inconclusas. Entre los casos más representativos relacionados con el descontento sobresalen las tres novelas de Franz Kafka (1883-1924) que hoy conocemos como El desaparecido, El proceso y El castillo. Cada una de ellas fue abandonada por su autor por motivos diversos: la trama de la primera se disgrega en una serie de episodios; para la segunda, consciente de su tendencia a la digresión, el autor optaría por escribir el primer capítulo seguido del último, y destinar a continuación una carpeta para cada uno de los restantes, aunque no es posible determinar con precisión el orden ya que varios quedaron incompletos y otros resultan incompatibles con la trama; la tercera novela, por el contrario, dispone de una línea argumental elaborada y definida, aunque no se llega a una conclusión. Kafka estuvo siempre descontento con estas tres obras y dejó instrucciones a su amigo Max Brod para que las quemase tras su muerte. La traición de Brod al publicarlas y velar por la conservación de sus manuscritos ha permitido que hoy las conozcamos y también que la historia de la literatura del siglo XX sea bien distinta. Otro caso muy llamativo que ejemplifica los problemas relacionados con la inspiración, y del que da buena cuenta Jorge Luis Borges en un relato de Otras inquisiciones, es el exquisito poema Kubla Khan de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834); según parece le fue revelado a su autor durante un sueño inducido por el opio y no pudo terminarlo por una inoportuna interrupción que le impidió recordar el resto de los versos soñados.

Popular pero inconcluso

Quizá resulten mucho más populares los casos de obras inacabadas en el mundo del cómic, el cine o la música rock. Ejemplos de ello son el álbum Tintín y el Arte-Alfa, que quedó interrumpido en un estado avanzado tras la muerte de Georges Remi (1907-1983), más conocido como Hergé. La película El otro lado del viento de Orson Welles (1915-1985) fue abandonada por el cineasta norteamericano en 1979 durante su montaje debido a problemas jurídicos y no consiguió reanudarla antes de su muerte. Otro caso es el doble elepé Primeros rayos del Nuevo Sol Naciente que Jimi Hendrix (1942-1970) estaba grabando cuando falleció. El cómic de Hergé llegaría a publicarse en 1986 respetando, tal como fue su deseo, el estado inacabado en el que lo había dejado su autor, aunque también hubo intentos de concluirlo como el que publicó Yves Rodier en 1991. Por el contrario, la película de Welles, a pesar de las extensas notas que dejó el realizador para poder concluir su montaje, sigue sin haber sido finalizada ni estrenada como consecuencia de las disputas por derechos de propiedad intelectual. Buena parte de las canciones del disco de Jimi Hendrix se publicaron en varios lanzamientos poco después de su muerte, pero la idea de publicar una reconstrucción del doble elepé surgió a partir de 1995, y una vez que la familia del mítico guitarrista de rock había recuperado el control de sus derechos. El disco se publicó finalmente en 1997 con diecisiete temas, aunque no incluía todo el material destinado al mismo por Hendrix, ni tampoco el último título que pensó ponerle el autor (en sus últimas notas había propuesto titularlo Strate Ahead).

Non finito

En el ámbito de la pintura o la escultura hay numerosos ejemplos de obras inacabadas por circunstancias contextuales de tipo político y económico que se remontan hasta el Renacimiento. Bien conocidos son los bocetos del Gran Cavallo de Leonardo da Vinci (1452-1519) cuyo molde no pudo vaciarse en bronce debido a la guerra que enfrentó al ducado de Milán con el reino de Francia en 1495. A partir de esos bocetos se realizarían mucho más adelante otros vaciados inspirados en la obra de Leonardo. No será extraño, ya durante el mismo siglo XVI, encontrar pinturas inacabadas que terminaron por razones prácticas en las manos de otro artista, como sucedió con La transfiguración de Rafael Sanzio (1483- 1520), que fue terminada por su discípulo Giulio Romano, o Venus dormida de Giorgione (1477-1510) que culminaría Tiziano. De todas formas, ya en otro ejemplo pictórico inconcluso de Leonardo, como es la tabla titulada Adoración de los magos, sabemos que su creador no la consideró inacabada al haber terminado sus estudios sobre la misma, a pesar de que no pasó de realizar en ella algunas aguadas de tinta.

Este tipo de reconsideración de la obra artística inconclusa resulta todavía más evidente en el ámbito de la escultura. En el siglo XV asistimos a un tipo de técnica abocetada iniciada por Donatello (1386-1466) y continuada por Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) que estaba relacionada, al parecer, con la intención de extraer el espíritu de un bloque de mármol cuyas imperfecciones impedían esculpir una figura completa y que determinaría un elemento estilístico especialmente importante en la madurez de éste último. Pensemos en el elevado número de esculturas inacabadas que dejó Miguel Ángel en los últimos años de su vida como, por ejemplo, el San Mateo o la Piedad Rondanini. Giorgo Vasari explica en la segunda edición ampliada de su famosa obra Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos (1568) las ventajas de este estilo, denominado "non finito": "Incluso muchas veces parece que los bellos esbozos, habiendo nacido de un súbito furor del arte, expresan la inspiración en pocos golpes, y que por el contrario, lo realizado con esfuerzo y con demasiada diligencia quitan la fuerza y el saber a aquellos que nunca saben cuándo levantar la mano de la obra que realizan".

Del erizo de Schlegel a la mascarilla funeraria de Benjamin

Ese furor de los "bellos esbozos" del "non finito" inspiraría muchos años después, ya en los albores del modernismo, al escultor August Rodin (1840-1917). No obstante, el interés por el esbozo y el fragmento sería uno de los impulsos más representativos de los primeros filósofos y poetas románticos. Especialmente en el entorno del llamado Círculo de Jena, y concretamente en la revista Athenäum que reunió entre 1798 y 1800 a Friedrich von Hardenberg (1772-1801), más conocido como Novalis, y Friedrich Schlegel (1772- 1829), encontramos las bases de una renovación estética que llamamos "ironía romántica". Esa renovación supuso la confrontación entre el entusiasmo creativo y el distanciamiento crítico, es decir, la experimentación creativa desde dentro pero también desde fuera. Esta dicotomía entre la imperfección de la obra creada y su consideración como perfecta por el autor se plasmó en fragmentos, esto es, en forma de aforismos sobre cuestiones estéticas, filosóficas y literarias. Para Novalis, el ideal de fragmento sirve para iniciar y poner en marcha la reflexión, son trozos del diálogo continuo en el interior de uno mismo, son semillas que germinan en la obra literaria. No por casualidad titularía Polen al volumen que publicó en vida con sus fragmentos. Por el contrario, Schlegel definió su concepción de fragmento en uno de sus más famosos aforismos donde lo identifica con un erizo: "Como una pequeña obra de arte, un fragmento debe estar aislado del mundo que lo rodea y ser, en sí mismo, perfecto y acabado como un erizo" (Athenäum nº 206). Al mismo tiempo, considera al fragmento como una vía hacia la modernidad: "Muchas obras de los antiguos se han convertido en fragmentos. Muchas obras de los modernos lo son desde su nacimiento" (Athenäum nº 24).

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1822) también alabó el fragmento, aunque desde una perspectiva más realista, es decir, como un problema que hay que resolver. En el ensayo El coleccionista y los suyos (1798-99) escribe lo siguiente: "Los buenos esbozos de los grandes maestros, esos encantadores jeroglíficos, son normalmente el principio de un entusiasta del arte. Dibujo, proporción, forma, carácter, expresión, composición, harmonía, conclusión ya no se ponen en cuestión: son reemplazados por la ilusión de ellos mismos. La mente habla a la mente". Más de un siglo después Walter Benjamin (1892-1940) ahondaría en el concepto de crítica artística de los románticos alemanes a partir de los fragmentos de Novalis y Schlegel o se adentraría en el misterio de la creación artística a partir de los planteamientos de Goethe. Concretamente en 1917 publicaría su libro El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán y cinco años más tarde vería la luz su ensayo sobre las Afinidades electivas de Goethe. En este último texto, Benjamin explica la labor del crítico por oposición al comentarista, utilizando una metáfora que será determinante para su tesis sobre la técnica creativa: "Si, por utilizar una comparación, viéramos la obra en progreso como una pira funeraria ardiendo, entonces el comentarista que está delante de ella sería un químico y el crítico un alquimista. Mientras para el primero, huesos y ceniza son los únicos objetos de su análisis para el segundo sólo la llama preserva un enigma, lo que está vivo. Entonces, el crítico investiga la verdad, cuya llama viviente continúa ardiendo en las luminosas cenizas de lo que ha sido experimentado". Un año más tarde, en diciembre de 1923, Benjamin escribiría al teólogo y escritor Florens Christian Rang una famosa carta donde cuestionaría la historia del arte por fijarse simplemente en los objetos en vez de en su historia y considerar la obra de arte como una naturaleza muerta. En enero de 1924 formularía en otra carta a Rang un primer aforismo sobre el tema: "Toda obra de arte completada es la mascarilla funeraria de su intuición". Su idea quedaría finalmente planteada en Dirección única (1928) dentro de una sección titulada La técnica del escritor en trece tesis: "La obra es la mascarilla funeraria de la concepción".

Músicas truncadas

Precisamente estos dos aforismos de Benjamin han inspirado un influyente libro de musicología publicado por Richard Kramer en 2008 y titulado Unfinished Music. En él, su autor reivindica la intuición artística del compositor al estudiar obras de Carl Philipp Emanuel Bach, Haydn, Beethoven y Schubert o prioriza el proceso creativo frente a su resultado, la obra de arte musical, ya que la riqueza de este resultado se ubica justo antes de su fijación como texto escrito. Tras esa fijación por escrito, la obra muere cristalizada en algo concreto y definido. Aquí la mascarilla funeraria de Benjamin conjura ese momento fugaz en el que la cara se congela de muerte cuando todavía late de vida; la riqueza y vitalidad de una obra musical está en lo que podamos reconstruir de ese complejo, turbulento y rico proceso que precede al texto fijado, es decir, en el boceto, el fragmento y la obra inacabada.

Esos esbozos y fragmentos musicales tan solo adquirieron una consideración estética a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, justamente cuando se generaliza un drástico cambio en la consideración del tiempo, que abandona su circular recurrencia de meses y estaciones en favor de una mayor conciencia del pasado, de lo irrepetible del momento presente, pero también de las contingencias del porvenir. Tal como ha explicado Karol Berger, este cambio de consideración temporal se puede verificar al comparar un movimiento de sonata de Mozart o incluso de Schubert con una fuga de Bach. En el primer caso, uno siempre puede ser consciente del lugar donde se encuentra, sabe lo que ha acontecido desde el principio y puede vaticinar con mayor o menor acierto el porvenir, pero en el segundo caso no podemos predecir la extensión e incluso el propio Bach solía anunciar enfáticamente el final, unos pocos compases antes de concluir la obra, para que no resultase inesperado.

Por tanto, las composiciones inacabadas anteriores a los años finales del siglo XVIII adquirieron carta de naturaleza estética con el tiempo y de forma especial durante el siglo XIX. En este ciclo de conciertos escucharemos ejemplos de Johann Sebastian Bach (1685-1750) a través de la labor de su hijo Carl Philipp (una selección de El arte de la fuga BWV 1080) o de la publicación de las obras completas del compositor de Einsenach en la Bach-Gesellschaft iniciada en 1850 (Fragmento de una suite en Fa menor BWV 823). También comprobaremos la importancia que tuvo el Réquiem inconcluso de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) a través de la versión finalizada por Franz Xaver Süssmayr en 1792 y en especial durante el siglo XIX (arreglo para piano a cuatro manos de Carl Czerny publicado en 1827). Podremos verificar la importancia que tuvo lo inacabado en la obra de Franz Schubert (1797-1828), curiosamente un ávido lector de Schlegel, con la famosa Sinfonía "Inacabada" D 749 de 1822 que no se estrenaría hasta más de cuarenta años después y cuya primera edición orquestal de 1867 incluyó una versión para piano a cuatro manos de Carl Reinecke (en este ciclo escucharemos otro arreglo sensiblemente posterior de Hugo Ulrich) o también de su Sonata para piano en Do mayor "Reliquia" D 840 de 1825 que no se publicaría hasta 1861 respetando el estado inacabado del autógrafo. Y para terminar, dos obras inacabadas del siglo XX provocadas por la muerte del compositor: Navarra de Isaac Albéniz (1860-1909) que escucharemos en una versión completada por el propio intérprete del concierto, Claudio Martínez Mehner; y la Sinfonía nº 10 de Gustav Mahler (1860-1911) en la versión ejecutable realizada por Deryck Cooke en los años sesenta del siglo pasado en colaboración con Colin y David Matthews, pero en un arreglo para piano solo del mismo intérprete del concierto, Christopher White, que ha contado también con la participación del compositor Ronald Stevenson.

Pero hay otras muchas más composiciones inacabadas de los siglos XIX y XX cuya programación es más o menos habitual: óperas como Die drei Pintos de Weber, Le duc d’Albe de Donizetti, El príncipe Igor de Borodin, Khovanshchina de Mussorgsky, Rodrigue et Chimène de Debussy, Maddalena de Prokofiev, Turandot de Puccini, Lulu de Berg, Moses und Aron de Schoenberg; sinfonías como la Novena de Bruckner, la Tercera de Elgar o la Universe Symphony de Ives; conciertos como el Tercero para piano de Tchaikovsky, el Concierto para viola de Bartók; cuartetos, sonatas, etc...

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