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Introducción

Supone para mí una profunda alegría hacer la presentación en este concierto del «Grupo de Percusión de Madrid». Ellos pueden servir,'en cierto modo, de ejemplo en la profunda transformación que la vida musical española ha experimentado en los últimos años, ya que son el más claro exponente de la calidad con que se puede interpretar la música de hoy. Explicar aquí la importancia que tienen los instrumentos de percusión en la música del siglo xx, sería una ardua tarea para lo que no tengo el espacio debido, ni creo sea el lugar oportuno, pero cualquiera que haya tomado contacto con la creación actual habrá observado que el papel que juegan estos instrumentos es mucho más que el de crear un «ruido» más o menos intenso. A ellos les confía hoy el compositor tareas de auténticos protagonistas en la elaboración de sonoridades imposibles de conseguir de otro modo, para las que son necesarias unos ejecutantes no sólo con un dominio instrumental absoluto, sino también con un conocimiento en profundidad de un lenguaje, unas formas y unos procedimientos, que, por ser fruto de nuestro tiempo, siempre son enormemente complejos.

Este es el caso del «Grupo de Percusión de Madrid», en el que se unen, además de todo lo anteriormente dicho, una capacidad de ilusión y vocación que inmediatamente contagia al oyente.

Pero este grupo no hubiese podido llegar a existir de no tener detrás a un ilustre músico español, José María Martín Porrás, que a través de sus enseñanzas diarias y de su ejemplo personal ha dado a cada uno, de los componentes y a otros muchos alumnos suyos, que hoy dan categoría a nuestras orquestas sinfónicas, esos conocimientos técnicos fundamentales para ser un buen instrumentista y también esa ilusión y entrega indispensables para serlo en grado excelente.

Cuando, en 1957, el llorado Ataúlfo Argenta ensayaba mi obra «Dos movimientos para timbal y cuerda», para ofrecer su estreno en el Festival de Granada, ningún timbalero madrileño quiso hacerse cargo de la difícil parte solista. Era entonces, a pesar de los muy buenos instrumentistas que teníamos, inconcebible tocar el timbal de esa manera, y, además, «como solista».

José María Martín Porrás, el más joven del grupo de percusión de la Orquesta Nacional, se hizo cargo de esta parte, ante el asombro de todos sus compañeros, e hizo una versión excelente de mi obra, a pesar de sus enormes dificultades.

Pues bien, hoy esta obra es, para cualquiera de los que componen el «Grupo de Percusión de Madrid», un ejercicio de primer año, un simple aperitivo, para luego pasar a los platos más fuertes.

Esta evolución creo que es importante de tener en cuenta, sobre todo cuando, salvo muy raras y también muy significativas excepciones, este paso sólo ha sido dado por nuestros instrumentistas en el mundo de la percusión.

Por eso —insisto— me produce ese enorme placer presentar en este concierto a un grupo joven que empieza a ver la música de mi generación como algo normal, como algo que, en cierto modo, ya debería ser «historia», pero que, por toda una serie de desfases, aún no lo es.

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