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Ciclos de Miércoles:

Introducción

A través de este generoso ramillete de canciones, todas las que Joaquín Rodrigo compuso para canto y piano (y algunas más) a lo largo de 64 años de actividad incansable, tendremos la oportunidad de seguir paso a paso la carrera musical de uno de nuestros compositores más universales.
Todos sus biógrafos señalan sin excepción que es precisamente en las canciones donde Rodrigo alcanza sus más altas cotas estéticas, aunque es preciso reconocer que su popularidad está cimentada en alguno o algunos de sus conciertos y especialmente en los guitarrísticos. La canción de concierto, como el lied germánico o la mélodie francesa, es por definición un arte más interiorizado y sutil, menos explícito y evidente. El diálogo con el poema elegido, sobre todo si procede de los clásicos (Gil Vicente, Marqués de Santillana, San Juan de la Cruz, Lope de Vega), plantea al compositor delicados problemas, no menores cuando los poemas son más recientes (Rosalía de Castro, Verdaguer, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado) y la relación no es historicista. Capítulo importante es el decálogo con los poemas de su esposa y fiel colaboradora, Victoria Kamhi.
Rodrigo vence sin aparente dificultad los obstáculos y muestra en las canciones toda la gama de su paleta sonora. Puede ser divertido, un mero juego encantador, o alcanzar profundidades de las que quitan el aliento; es popular o aristocrático, pasando por todas las gamas del casticismo; pero en todas ellas campea, al margen de su excelente oficio, una cualidad que le define: la gracia, el instinto comunicador, la capacidad de conmover. Y, como consecuencia inevitable, el arte de sus canciones genera gratitud. La que la Fundación Juan March le expresa en su 95º aniversario, por seguir haciéndonos felices con su música y con su ejemplo.

A Joaquín Rodrigo y su música

¡Pero tu ves, Rodrigo...!
El mágico paisaje,
el supremo color... ¡El personaje
del misterio que siempre va contigo!
...La suma Realidad, la Verdad pura
que en el Reino Interior solo florece...
la perfecta hermosura
que solo en el jardín del alma crece.
No a los ojos Amor, no Poesía
se brindan como al Sueño. Y es soñando
como el poeta crea. La harmonia
de Belleza y Verdad surge cantando.
Así tú de ese mundo inenarrable
el alma luz percibes,
y en arpegios magníficos la inscribes...
Y le das una voz y un colorido
única expresión de lo inefable.
¡Ay, yo también, Rodrigo,
de eso que no se ve soy el amigo!


Manuel Machado
(Cadencia de cadencias. Madrid, 1943)

F.J.M.


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