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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Henry Purcell es quizá el mejor músico inglés de todos los tiempos. Ya fue considerado así en vida -corta vida de apenas 37 años- y en la actualidad no hay historia de la música que no le dedique un capítido esencial. Pero apenas conocemos unos pocos aspectos de su amplísimo catálogo, reducido las más de las veces a su única ópera, Dido y Eneas.

El tercer centenario de su muerte en 1695 nos sirve de pretexto para escuchar algunas de sus músicas teatrales, sus canciones, su música sacra para voz solista o para coro (incluyendo las muy emotivas que escribió a la muerte de la reina Mary) y su música instrumental para conjuntos o para tecla. Todo ello nos dibujará una imagen más completa del prodigioso compositor, a quien su editor y amigo, postumamente, le dió un sobrenombre órfico pocas veces tan certero: Orpheus Britannicus.

Para resaltar, precisamente, su puesto en el conjunto de la música inglesa, hemos programado también obras de algunos de sus contemporáneos, incluyendo uno de los múltiples homenajes que escribieron a su muerte, el muy emotivo de su maestro John Blow; y, en el caso de la polifonía religiosa, de algunos de sus antecesores, en especial de los isabelinos que un siglo y medio antes habían logrado colocar a la música inglesa al nivel del resto de Europa. Muerto Purcell, y esta vez por causas muy diferentes, habríamos de esperar dos siglos más para encontrar compositores ingleses (Elgar, Britten...) en los primeros puestos de la historia musical. De ahí la rareza de Purcell en el contexto de la música británica; pero no es esa la causa de que los no ingleses le amemos, sino su calidad, su talento para embellecemos con la belleza inmortal de su arte.

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