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Lunes Temáticos: Viena 1780. El clasicismo vienés

Introducción

Pocas ciudades como Viena encarnan con tanta intensidad la relación entre creación musical y contexto urbano. Hasta tal punto que ha tenido su reflejo en la definición de un estilo musical: el clasicismo vienés. El origen de esta concepción estilística se debe a la asociación entre una determinada forma de componer y la obra –sobre todo– de tres extraordinarios creadores estrechamente vinculados a la capital austriaca: Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven.

El clasicismo vienés se caracteriza, en teoría, por el equilibrio de la frase musical, el balance de las texturas y la claridad formal, pero que, en la práctica, presenta numerosas excepciones. A pesar ello el éxito de esta asociación ha llevado a su extensión –de forma algo desconsiderada– a toda la música compuesta en Europa durante las últimas décadas del siglo XVIII. Hoy día hay consenso en admitir que el clasicismo vienés, en puridad, sólo es aplicable a determinadas convenciones compositivas practicadas en la Europa central, mientras que otras partes del continente, como París, el norte de Alemania o determinados estados italianos se insertan en tradiciones distintas.

La relación de Haydn, Mozart y Beethoven con Viena fue dispar. El primero fue más bien un visitante ocasional que un morador habitual, pues pasaba gran parte del año en Eszterháza (a unos noventa kilómetros de Viena), residencia habitual de los Príncipes Esterházy a quienes sirvió ininterrumpidamente durante casi cuatro décadas. Sólo después de 1780 decidió Mozart instalarse de forma permanente en la ciudad, tras la ruptura definitiva con su mecenas en Salzburgo. Una década después, en cambio, Beethoven percibió con claridad la necesidad de trasladarse de Bonn a Viena, entonces en plena ebullición intelectual.

La Sonata en Si bemol mayor KV 333 de Mozart data de noviembre de 1783 y, junto a otro grupo de sonatas (KV 330-332), fue publicada de inmediato en Viena, centro emergente de la edición musical europea. El destino de estas sonatas es otro síntoma de las nuevas opciones profesionales que una ciudad moderna como ésta comenzaba a ofrecer y Mozart trataba de aprovechar: bien se concibieron como material para la enseñanza del piano, bien –el caso de KV 333– como pieza de concierto para su uso personal en los recitales públicos. También Beethoven buscó con intensidad nuevas salidas profesionales, aspirando a vivir de su obra en un mercado libre (esto es, sin mecenazgo estable). Su colección de Sonatas Op. 2 dedicadas a Haydn, de quien había recibido algunas clases, aparecieron en Viena en 1796. Pese a una cierta dependencia del estilo haydniano, como la manipulación cíclica de los motivos, la serie beethoveniana contiene algunos rasgos novedosos como la articulación en cuatro movimientos (frente a los tres convencionales) y los tempi inusualmente veloces del Minuetto y el Finale.

La influencia de Haydn en la producción de Mozart y del joven Beethoven se percibió de modo más marcado por los contemporáneos de lo que los historiadores han querido reconocer. De modo particular, las obras sinfónicas, de cámara y pianísticas compuestas urante sus dos breves períodos en Londres (1791-92 y 1794-95) fueron recibidas como composiciones cargadas de innovación e ingenio. En la Sonata Hob. XVI:52, de 1794, una de las últimas para teclado, Haydn prosigue su insólita exploración en la articulación atrevida de tonalidades. El paso de Mi bemol mayor a Mi mayor y la vuelta a la tonalidad principal que se produce en los tres movimientos de esta sonata es un ejemplo más, junto a la monumentalidad  virtuosismo de la obra, del legado haydniano tan íntimamente asociado a Viena que tan perdurables consecuencias históricas ha tenido.

 

 

Fecha: 8 febrero 2010
Lugar: Salón de actos de la Fundación Juan March
Hora: 19:00 horas
Intérpretes:
Entrada libre

CICLO: El sonido de las ciudades

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