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  • José Antonio Donostia
  • José Antonio Donostia
  • 1886 - 1956
  • Padre Donostia

    Por las fechas en que se desarrolla su vida, José Antonio de Donostia escapa al tiempo romántico, pues alcanza una época posterior al resto de los compositores incluidos en este ciclo. Es, en definitiva, un autor del nacionalismo tardío, que se acerca en cierta manera al impresionismo francés y hasta apunta en su obra aspectos de la composición contemporánea. No obstante, sus Preludios vascos ostentan, a pesar de su raíz folklórica, una estética netamente romántica, como podía esperarse de la formación de aquel hombre modesto, sensible, bondadoso.
    Antonio Fernández Cid, refiriéndose a Donostia en La música española del siglo XX, afirma: "Nacen las primeras composiciones bajo el signo del romanticismo, tan apto para su vena lírica y sensible".
    Pero, en todo caso, considerado José Antonio Donostia como compositor, y dejando al margen su ingente labor investigadora y musicóloga, su figura se presenta entre las más sobresalientes de la que Valls Gorina ha llamado generación de maestros.

    El padre Donostia pertenece a aquella etapa del nacionalismo español que da sus primeros frutos en el primer cuarto de nuestro siglo.

    José Gonzalo Zulaica y Arregui -tal su verdadero nombre- nació en San Sebastián el 12 de enero de 1886. A los diez años ingresó en el Colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo, que regentan los padres Capuchinos franciscanos en Lekaroz, cerca de Elizondo, en el Valle navarro del Baztán. En Lekaroz inició su noviciado el año 1902. Allí hizo todos sus estudios, convirtiéndose en ese fraile pequeño, ágil, inquieto, de aire infantil, que tantos recuerdan todavía. Desde entonces pasó a ser el Padre José Antonio de Donostia, nombre con el que ha pasado a la historia de la música.
    La formación musical del padre Donostia es escalonada, con pocos profesores y, sobre todo, poco tiempo con cada uno.
    Por una parte, con don Ismael Etxezarra, organista de San Vicente de Bilbao, que pasó una temporada enseñando música en Lekaroz y debía ser un profesor de ideas avanzadas.
    Antes de ser sacerdote, estuvo en Barcelona el verano de 1908 y estudió algo de contrapunto con Esquerrá. También dio clases con Gabiola, en San Sebastián, el cual era director de la Banda Municipal y profesor de órgano del Conservatorio.

    Barcelona y París serán dos focos de influencia y atracción para el padre Donostia. En la capital catalana hará amistad con Enrique Granados, que dejará huella en algunos aspectos de su obra pianística y con Felipe Pedrell, en quien vio desarrolladas muchas de sus ideas sobre el elemento popular en la música contemporánea, atisbado en su juventud a través de las recopilaciones de Azkue y Charles Bordes. Visitó con frecuencia el archivo, tan rico en folklore, del Orfeó Catalá, y se relacionó con poetas como Apelles Mestres, Llorenç Riber y otros, que servirían de inspiración a muchas de sus canciones.

    En cuanto a París, allí se relacionó con Ravel y con Albert Roussel, recibió lecciones de Eugenio Cools y, en especial, tuvo amistad con Henry Gheon, empeñado en renovar el teatro católico francés. Para él escribió ilustraciones musicales de Los tres milagros de Santa Cecilia (1921), La vida profunda de San Francisco de Asís (1926) y La navidad de Greccio (1936).

    Una incidencia curiosa en la vida del compositor donostiarra fue su viaje a Argentina, en mayo del año 1924, a petición del obispo de Bayona, con el fin de obtener recursos de los vascos de aquel país para erigir un seminario en Ustaritz.

    Aquel mismo año, el 31 de agosto, se estrenaban, en el teatro San Martín de Buenos Aires, los Cuadros líricos vascos, con un lleno formidable y un entusiasmo indescriptible, según anotó el padre Donostia en su Diario.

    Otro aspecto de la formación de Donostia hay que verlo en sus estancias veraniegas entre los benedictinos de Silos (1915), empapándose de gregoriano con el padre Casiano Rojo, o en Besalú, en otro convento de padres benedictinos expulsados de Francia (1916). En el pueblo gerundense estudió con el padre Mauro Sablayrolles, propagador del purísimo y espiritual gregoriano propugnado por Dom Mocquereau.
        El resto, lo aprendió José Antonio de Donostia en su austera celda de Lekaroz, rodeado de libros y partituras, a veces con una orquesta propia en el Colegio y un cuadro de dantzaris, o trabajando en su piano frente al dulce paisaje arbolado del valle.

        Lo demás, sus deberes religiosos, las clases de latín, de francés, de música, la composición, los artículos, las conferencias, la investigación, la labor de organista, de organizador de coros, los viajes a congresos internacionales, de folklores, la colaboración con Anglés en el Instituto Español de Musicología, lo hizo sin darse la menor importancia, con entrañable sencillez.

       "Soy como las mujeres honradas; no tengo historia", le dijo en cierta ocasión a don Gregorio de Mújica. Y, sin embargo, la existencia del padre José Antonio, el querido padre Donostia, es un ejemplo de entrega, de vida colmada, fructífera.

        Y, por tanto, hay historia en la vida del padre Donostia, a veces dolorosa e increíble, como fue la de su exilio francés (1936-1943) y sus estaciones sucesivas, Burdeos, París, Mont-de-Marsan, Bayona. En la capital del Adour le nacieron nuevos trabajos: la organistía de San Carlos de Biarritz y la creación de la coral "Sine nomine".

        Falleció el padre Donostia en Lekaroz el 30 de agosto de 1956.


    La obra
        Desde niño, el padre Donostia comenzó a componer. Su obra coral es inmensa y debe dividirse en dos partes: la de creación propia, secular y religiosa, y la que recoge canciones populares vascas, en preciosas armonizaciones que se han popularizado y están en el repertorio de las masas corales del País Vasco.

        Su biógrafo, padre Jorge de Riezu, ha ido publicando en diversos volúmenes la obra, muchas veces dispersa, del padre Donostia, un legado de gran importancia para la música española y sobre todo para la vasca, a la que dedicó especial atención. De alguna de sus piezas corales escribió Subirá que tenían el encanto de saber combinar el arcaismo palestriniano con la dulzura de la ingenuidad popular.

        Entre sus primeras composiciones figuran un Cuarteto de cuerdas (1906), una Rapsodia vasca (1906) en dos tiempos y una Suite vasca (1907) en tres. Luego siguieron obras para órgano, corales, de cámara, hasta llegar a los famosos Preludios vascos para piano, iniciados el año 1908.

        De su etapa de París, aparte la música incidental citada anteriormente, es el Cuarteto para ondas Martenot, considerado la primera obra española que utiliza un instrumento electrónico.

        Algunos hitos en su producción posterior son Poema de la Pasión(1927), para doble coro mixto, solista y coro inglés; Canciones sefardíes (1945), para canto y piano; Infantiles, para piano a cuatro manos; Tiento y canción, para piano; Itinerarum misticum, piezas para órgano y sobre todo su Misa de Requiem, para coro, órgano y orquesta, resumen de su esfuerzo en pro de la renovación de la música eclesiástica, correspondiendo al movimiento purificador preconizado por el padre Otaño.

    Biografía fechada : V-1981.